APUNTES DE UN LUGAR EN PERPETUO CAMBIO




Huele a salitre, hemos llegado a la Bahía.

La marea está bajando, la tierra se desnuda lentamente. Los fangos pierden el velo de agua que los cubría del color de la plata y nos muestran un universo cromático de grises y violáceos.
En su huída, el mar ha labrado un rastro efímero, la huella digital de la piel más íntima de los caños.
Varias garcetas se entregan a la búsqueda gozosa de alimento.

Sube la marea y el agua salada circula por el entramado de cauces que vertebran estas marismas.
Pleamar. Hoy el azul del cielo tiñe unas aguas que ayer brillaban metálicas. Por el contraste, descubrimos la sinfonía de rojos y carmines que lucen la Sosa alacranera y el Armajo. No es posible distinguir tantos matices que alimenta la sal de estas tierras. Algún verde asoma tímidamente.

Cae la tarde. Mientras la luz se apaga, se intensifican los colores.
Sorprende en este ambiente sobrecogedor el graznido de una gaviota. Los aromas también se hacen densos y profundos.
Restos de barcazas embarradas en la orilla laten con la brisa que se levanta.

Un lugar en perpetuo cambio;
Mutaciones espectaculares que marcan el ritmo del paso de las estaciones en los esteros. Rastros de sal blanca en verano recuerdan cuando, aun activos, se cubrían del magenta imposible de cristales no nacidos.
Pardas pirámides de sal que ayer deslumbraban.
Aguas que se visten de verdes en otoño, exuberantes abrigos de algas de colores.
Charcas espontáneas que nos regala la lluvia.
Vestigios que nos hablan de otros tiempos y sufren en silencio las rachas de Levante y el húmedo abrazo del Poniente.
Y el lento vaivén de las mareas.

Un lugar en perpetuo cambio

Tiemblo